do realmente los monstruos, que aquellas edades crearon y han esculpido en sus palacios y catedrales. En fin , me recomendó ser diligente y que volviese al antiguo sistema, pues de lo contrario daría parte al alcalde en contra mía. No quedó aquí mi desgracia: días después se presentaban debajo del convento los padres de los chicos, y he tenido necesidad de llamar en mi auxilio toda mi paciencia y resignación . Empezaron ponderándome los antiguos tiempos en que los maestros tenían carácter y enseñaban como habían enseñado sus abuelos. «¡Aquellos sí que eran sabios!» decían; — aquellos pegaban y enderezaban el árbol torcido. Aquellos no eran jóvenes, eran viejos de mucha experiencia, canosos y severos! Don Catalino, el rey de todos ellos y fundador de aquella escuela, no daba nunca menos de veinticinco palos, y por eso sacó hijos sabios y sacerdotes. ¡Ah! los antiguos valían mucho más que nosotros, sí, señor, más que nosotros.» Otros no se contentaban con estas groseras indirectas; me decían claramente que, si seguía mi sistema, sus hijos no aprenderían nada y que se verían obligados á sacarlos de la escuela. Inútil fué razonar con ellos: como joven no me concedían gran razón ¡Cuánto hubiera yo dado por tener canas! Citábanme la autoridad del cura, de Fulano, de Zutano y se citaban á ellos mismos, diciendo que , si no hubiera sido por los azotes de sus maestros, no habrían aprendido nada. La simpatía que algunas personas me demostraron dulcificó un poco la amargura de este desengaño.
En vista de esto, tuve que renunciar á un sistema, que después de mucho trabajo empezaba á darme sus frutos. Desesperado, llevé al día siguiente á la escuela los azotes, y comencé de nuevo mi bárbara tarea. La serenidad desapareció y volvió a reinar la tristeza en los semblantes de los niños que ya me empezaban a querer: eran mis únicas relaciones, mis únicos amigos. Aunque procuraba economizar los azotes y darles con toda la lenidad posible, los niños se sentían sin embargo vivamente heridos, rebajados, y lloraban con amargura. Aquello me llegaba al corazón , y aunque interiormente estaba irritado contra sus estúpidas familias, no podía vengarme en aquellas inocentes víctimas de las preocupaciones de sus padres. Sus lágrimas me quemaban; el corazón no me cabía dentro del pecho, y aquel día abandoné la clase antes de la