hora y me fui a mi casa á llorar á solas... Acaso le extrañe a usted mi sensibilidad, pero si estuviese en mi lugar, la comprendería. El viejo don Anastasio me decía: «¿Piden azotes los padres? ¿Por qué no se los dió usted á ellos?» De resultas de esto caí enfermo.
Ibarra escuchaba pensativo.
—Apenas restablecido, volví á la escuela y encontré á mis discípulos reducidos a una quinta parte. Los mejores habían desertado a la vuelta del antiguo sistema, y de los que quedaban, unos cuantos que iban a la escuela para huir de los trabajos domésticos, ninguno manifestó alegría , ninguno me felicitó por mi convalecencia: les era igual que sanase ó no, quizás hubieran preferido que hubiese continuado enfermo , porque el substituto, si bien pegaba más, iba en cambio raras veces à clase. Mis otros alumnos, aquellos que sus padres conseguían obligar á ir á la escuela, íbanse de paseo á otra parte. Culpábanme de haberlos mimado y me llenaban de recriminaciones. Uno, sin embargo, el hijo de una campesina que me visitaba durante mi enfermedad , no volvió porque se había hecho sacristán: el sacristán mayor dice que los sacristanes no deben frecuentar la escuela: se rebajarían.
—Y ¿se resignó usted con sus nuevos alumnos?—preguntó Ibarra.
—¿Podía hacer otra cosa ?—contestó.—Sin embargo, como durante mi enfermedad habían sucedido muchas cosas, cambiamos de cura. Concebí una nueva esperanza intenté hacer otra prueba para que los niños no perdiesen del todo el tiempo y aprovechasen en lo posible los azotes; que al menos que aquellas vergüenzas den para ellos algún fruto, pensé. Quise hacer, ya que ahora no me podían amar, que al menos conservando algo útil de mí, me recordasen después con menos amargura. Usted ya sabe que en la mayor parte de las escuelas están en castellano los libros, a excepción del Catecismo tagalo, que varía según la corporación religiosa á que pertenece el cura. Estos libros suelen ser novenas, trisagios, el catecismo del padre Astete, de los que tanta piedad sacan como de los libros de los herejes. En la imposibilidad de enseñarles el castellano ni de traducir tantos libros, he procurado substituir los poco a poco por cortos trozos , sacados de obras útiles tagalas, como el tratado de Urbanidad de Hortensio y Fe.