que el teniente mayor se había vuelto loco. Los viejos discutían con calor.
—Y por último, para no descuidar los placeres del alma...
Los murmullos y los gritos que se levantaron de todos los rincones de la sala cubrieron totalmente su voz: aquello no fué ya más que un tumulto.
—¡No!—gritaba un intransigente conservador;—¡no quiero que se alabe de haber hecho la fiesta, no! ¡Dejadme, dejadme hablar!
—¡Don Filipo nos ha engañado!—decían los liberales.—¡Votaremos en contra! ¡Se ha pasado á los viejos! ¡Votemos en contra!
El gobernadorcillo , más abatido que nunca, no hacía nada para restablecer el orden : esperaba que lo restableciesen ellos.
El capitán de cuadrilleros pidió la palabra; se la otorgaron, pero no abrió la boca y volvió å sentarse confuso y avergonzado.
Por fortuna se levantó capitán Valentín , el más moderado entre todos los conservadores , y habló:
—No podemos admitir lo que ha propuesto el teniente mayor, por parecernos una exageración . Tantas bombas y tantas noches de comedia sólo las puede desear un joven, como el teniente mayor, que puede pasar muchas noches en vela y oir muchas detonaciones sin volverse sordo. He consultado la opinión de las personas sensatas, y todas desaprueban unánimemente el proyecto de don Filipo. ¿No es esto, señores?
—¡Sí !si!—dijeron jóvenes y viejos á una voz. Los jóvenes estaban encantados de oír hablar así á un viejo.
—¿Qué vamos a hacer nosotros con cuatro hermanos mayores ?—prosiguió el anciano.—¿Qué quieren decir esas gallinas, capones y lechones arrojados al lago? ¡Hambuguería! dirán nuestros vecinos , y luego ayunaremos medio año. ¿Qué tenemos que ver con Sila ni con los romanos? ¿Nos han invitado acaso alguna vez á sus fiestas? ¡Yo, por lo menos, no he recibido ningún billete de su parte y cuidado que ya soy viejo!
—¡Los romanos viven en Roma, donde está el Papa!– le murmuró por lo bajo capitán Basilio.
—¡Ahora lo comprendo!—exclamó el anciano sin tur