en el pueblo puedes correr, estarás entre nosotros dos: Una vez allá podrás marchar delante á unos veinte pasos; pero ¡cuidado! no entres en ninguna tienda, no te detengas. ¡Adelante y aprisa!
Vanas fueron las súplicas, vanas las razones, inútiles las promesas. Los soldados decían que se comprometian bastante y le concedían demasiado .
Al verse en medio de los dos sintió morirse de vergüenza... Nadie en verdad venía por el camino , pero y ¿el aire y la luz del día? El verdadero pudor ve miradas en todas partes. Cubrióse la cara con el pañuelo, y marchando a ciegas lloró en silencio sobre su humillación. Conocía su miseria, sabía que estaba abandonada de todos, aun de su mismo marido, pero hasta ahora se había considerado honrada y estimada: hasta ahora habla mirado con compasión á aquellas mujeres , vestidas escandalosamente, que el pueblo denomina concubinas de los soldados. Ahora le parecía haber descendido una grada más que aquéllas en la escala de la vida.
Oyéronse pisadas de caballos: eran los que llevaban pescados á los pueblos del interior. Hacían sus viajes en pequeñas caravanas hombres y mujeres, montados en malos jacos, entre dos cestos colgados a los costados del animal. Varios de ellos, al pasar delante de su choza, le habían pedido agua para beber y regalado algunos pescados. Ahora, al pasar á su lado, le parecía que la atropellaban y pisoteaban y que sus miradas, compasivas ó desdeñosas, penetraban , al través de su pañuelo y asaeteaban su cara.
Al fin los viajeros se alejaron , y Sisa suspiró. Apartó un instante el pañuelo para ver si aun estaban lejos del pueblo. Quedaban algunos postes de telégrafos antes de llegar al bantayan ó garita. Jamás le había parecido tan larga aquella distancia.
A orillas del camino crecía un frondoso cañaveral, á cuya sombra descansaba ella en otros tiempos. Allí le daba dulce conversación su novio; él la ayudaba á llevar el cesto de frutas y legumbres; ¡ay! aquello pasó como un sueño; el novio fué marido y al marido le hicieron cabeza de barangay y entonces la desgracia comenzó a llamar a su puerta.
Como el sol empezaba a arder, preguntáronla los soldados si quería descansar.