En efecto, da lástima ver al padre Salvi. Ni ha querido tocar la segunda taza de chocolate, ni probar los hojaldres de Cebú: paséase pensativo por la espaciosa fala, arrugando entre sus huesudas manos unas cartas que lee de cuando en cuando. Al fin pide su coche, se arregla y ordena le conduzcan al bosque donde se encuentra el fatídico árbol, y en cuyas cercanias se celebra la partida campestre.
Llegado al sitio, el padre Salví despachó su vehículo y se interno solo en el bosque.
Un sombrío sendero franquea trabajosamente la espesura y conduce à un arroyo, formado de varias fuentes termales como muchas de las faldas del Makiling. Adornan sus orillas flores silvestres, muchas de las cuales no han recibido aún nombre latino, pero sin duda son ya conocidas de los dorados insectos, de las mariposas de todos tamaños y colores, azul y oro , blancas y negras, matizadas, brillantes, pavonadas , llevando rubíes y esmeraldas en sus alas, y de los millares de coleópteros de reflejos metálicos, espolvoreados de oro fino. El zumbido de estos insectos , el chirrido de la cigarra que alborota día y noche, el canto del pájaro, ó el ruido seco de la podrida rama que cae enganchándose en todas partes, son los únicos que turban el silencio de aquel misterioso paraje.
Algún tiempo estuvo vagando entre las espesas enredaderas, evitando los espinos que le agarraban por el hábito de guingón como para detenerle, las raíces de los árboles que salían del suelo, haciendo tropezar a cada momento al no acostumbrado caminante. Detúvose repentinamente: alegres carcajadas y frescas voces llegaron a sus oídos, y las carcajadas partían del arroyo y se acercaban cada vez más.
—Voy á ver si encuentro un nido,—decía una hermosa y dulce voz que el cura conocía:—quisiera verle sin que el me viese, quisiera seguirle a todas partes.
El padre Salvi ocultóse detrás del grueso tronco de un árbol y púsose á escuchar.
—¿Es decir que quieres hacer con él lo que contigo hace el cura, que te vigila en todas partes?—contestó una alegre voz.—¡Ten cuidado que los celos hacen enflaquecer y hunden los ojos!
—¡No, no son celos, es pura curiosidad!—replicaba la