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Página:Noli me tángere (1903).pdf/219

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aquellos primitivos tiempos, estos seres estaban aún (ó al menos así lo creían) en relación directa con su Criador, pues tenían ministros del mismo, seres diferentes de los demás y denominados siempre con los misteriosos caracteres: M. R. P. fray, sobre cuya interpretación nuestros sabios no están de acuerdo. Según el mediano profesor de lenguas que tenemos, pues no habla más que ciento de los defectuosos idiomas del pasado, M. R. P. significaría Muy Rico Propietario, pues estos ministros eran una especie de semidioses, virtuosísimos, elocuentísimos oradores, ilustradísimos, y a pesar de su gran poder y prestigio, jamás cometerían la más ligera falta, lo cual fortalece mi creencia al suponerlos de otra naturaleza distinta de los demás. Y si esto no bastase para apoyar mi opinión, quédame aún el argumento, no negado por nadie y cada día más y más confirmado, de que tales misteriosos seres hacían descender à Dios sobre la tierra con sólo pronunciar algunas palabras, que Dios no podía hablar sino por boca de ellos, y à quien se comían, bebían la sangre y no pocas veces lo daban también á comer á los hombres comunes ..

Estas у otras cosas más ponía el incrédulo filósofo en boca de todos los corrumpidos hombres del porvenir. Acaso el viejo Tasio se equivoque, lo que es muy fácil, pero volvamos a nuestra narración.

En los kioscos que vimos anteayer ocupar al maestro de escuela y á los alumnos , se preparaba ahora el almuerzo, opíparo y abundante. Sin embargo, en la mesa destinada á los chicos de la escuela , no había ni una botella de vino, pero en cambio abundaban más las frutas.- En la enramada estaban los asientos para los músicos y una mesa cubierta de dulces y confituras, frascos de agua coronados de hojas y flores para el sediente público.

El maestro de escuela había hecho levantar cucañas, barreras, colgar sartenes, ollas para alegres juegos.

La multitud, luciendo trajes de alegres colores, se aglomeraba huyendo del sol brillante, ya bajo la sombra de los árboles, ya bajo el emparrado . Los muchachos se subían á las ramas, sobre las piedras, para ver mejor la ceremonia , supliendo así su pequeña estatura ; miraban con envidia á los chicos de la escuela que, limpios y bien vestidos, ocupaban un sitio destinado para ellos. Los padres estaban entusiasmados: ellos, pobres campesinos, verían