que pendía sobre su cabeza y otra á Elías y al hombre amarillo, dijo á ñor Juan con voz algo temblorosa:
—¡Dadme el cubo y buscadme otra llana arriba!
El joven quedó solo. Elías ya no le miraba: sus ojos estaban clavados en la mano del hombre amarillo, que inclinado á la fosa, seguía con ansia los movimientos del joven.
Oyóse el ruido de la cuchara removiendo la masa de arena y cal al través de un débil murmullo de los empleados, que felicitaban al alcalde por su discurso.
De repente un estrépito estalla: la polea, atada á la base de la cabria, salta y tras ella el torno que golpea el aparato como un ariete: los maderos vacilan, vuelan las ligaduras y todo se derrumba en un segundo y con espantoso estruendo. Una nube de polvo se levanta : un grito de horror, compuesto de mil voces, llena el aire . Huyen y corren casi todos, muy pocos se precipitan al foso. Solamente María Clara y el padre Salvi permanecen en su sitio sin poderse mover, pálidos y sin palabra.
Cuando la polvareda se hubo algún tanto desvanecido, vieron a Ibarra de pie, entre vigas, cañas, cables, entre el torno y la mole de piedra , que al descender tan rápidamente, todo lo había sacudido y aplastado. El joven tenía aún en su mano la cuchara y miraba con ojos espantados el cadáver de un hombre , que yacía á sus pies, medio sepultado entre las vigas.
—¿No se ha muerto usted?—¿Vive usted todavía?—¡Por Dios, hable usted!—decían algunos empleados, llenos de terror é interés.
—¡Milagro! ¡Milagro!—gritaron algunos.
—¡Venid y sacad el cadáver de este desgraciado!—dijo Ibarra, como despertando de un sueño.
Al oir su voz, Maria Clara sintió que la abandonaban las fuerzas y cayó medio desmayada en brazos de sus amigas.
Reinaba una gran confusión : todos hablaban, gesticulaban, corrían de un lado á otro, bajaban à la fosa, subían, todos aturdidos y consternados.
—¿Quién es el muerto? ¿Vive todavía?—preguntaba el alférez.
Reconocieron en el cadáver al hombre amarillo que estaba de pie al lado del torno.