cura la tiene, ¡pero Dios también la debe tener! Yo no sé, no soy más que una tonta.. , ¡Lo que voy a hacer es decirle à mi hijo que no estudie más! Dicen que los sabios mueren ahorcados. ¡María Santísima! ¡mi hijo que quería ir á Europa!
—¿Qué pensáis hacer?
—Decirle que se quede á mi lado; ¿para qué saber más? Mañana o pasado nos morimos, muere el sabio como el ignorante... la cuestión es vivir en paz.
Y la buena mujer suspiraba y levantaba los ojos al cielo.
—Pues yo—decía gravemente capitana María—si fuese rica como vos, dejaba que mis hijos viajasen: son jóvenes y deben un día ser hombres... yo ya he de vivir poco... nos veríamos en la otra vida... los hijos deben aspirar á ser algo más que sus padres, y en nuestros senos sólo les enseñamos á ser niños.
—¡Ay, qué pensamientos tan raros tenéis!—exclamaba espantada capitana Tinay, juntando las manos ; —¡parece que no habéis parido con dolor à vuestros gemelos!
—Por lo mismo que los he parido con dolor, criado y educado á pesar de nuestra pobreza, no quiero que, después de tantas fatigas como me han costado, sean no más que medio hombres...
—¡Me parece que no amáis à vuestros hijos como Dios manda!—dice en tono algo severo hermana Rufa.
—Perdonad, cada madre ama á sus hijos á su manera: unas los aman para si, otras por sí, y algunas para ellos mismos. Yo soy de estas últimas; mi marido así me lo ha enseñado.
—Todos vuestros pensamientos, capitana María—dice la Ruja como predicando - son poco religiosos: haceos hermana del Santísimo Rosario, de San Francisco, de Santa Rifa ó Santa Clara!
—¡Hermana Rufa, cuando sea digna hermana de los hombres, trataré de ser hermana de los santos—contestaba la otra sonriendo.
Para acabar con este capítulo de comentarios, y para que los lectores vean siquiera de paso qué pensaban del hecho los sencillos campesinos, nos iremos a la plaza, donde bajo el entoldado conversan algunos, veremos allí á un