el uno habla con alambres y el otro sabe español y no maneja más que la pluma.
Todos estaban aterrados.
—¡Que me obliguen a ponerme zapatos y no beber en toda mi vida más que esa orina de caballo que llaman cerveza, si alguna vez me dejo llamar pelbistero!—jura cerrando sus puños el aldeano.—¿Quién? ¡Yo, rico como don Crisóstomo, sabiendo el español como él, y pudiendo comer aprisa con cuchillo y cuchara, me río de cinco curas!
—¡Al primer civil que vea yo robando gallinas, le llamo palabistiero... y me confesaré en seguida!— murmura en voz muy baja, alejándose del grupo, uno de los campesinos.
XXXVI
LA PRIMERA NUBE
En casa de capitán Tiago reinaba menos confusión que en la imaginación de la gente. María Clara no hacía más que llorar y no escuchaba las palabras de consuelo de su tía, y de Andeng, su hermana de leche. Le había prohibido su padre que hablase con Ibarra hasta tanto que los sacerdotes no le absolviesen de la excomunión.
Capitán Tiago, que estaba muy ocupado preparando su casa para recibir dignamente al Capitán general, había sido llamado al convento.
—No llores, hija,—decía tía Isabel pagando la gamuza sobre las brillantes lunas de los espejos; —ya le retirarán la excomunión, ya escribirán al Santo Papa... haremos una grande limosna... ¡El padre Dámaso no ha tenido más que un desmayo... no ha muerto!
—No llores,—le decía Andeng en voz baja;—ya haré yo que le hables: ¿ para qué han hecho los confesonarios, si no es para pecar? ¡Todo se perdona con decirlo al cura!
¡Por fin , capitán Tiago llegó! Ellas buscaron en su cara la respuesta a muchas preguntas; pero la cara de capitán Tiago anunciaba el desaliento. El pobre hombre sudaba,