en Ulangó y perfeccionado por el alférez con alambres retorcidos , y dijo:
—¡Ahora te toca á ti bailar... baila!
Y empezó á azotar débilmente los pies descalzos de la loca, cuya cara se contrajo de dolor, obligándola á defenderse con las manos.
-¡Ajá! ¡ya empiezas! -exclamó con salvaje alegría, y del lento pasó á un allegro vivace.
La infeliz lanzó un quejido de dolor y levantó vivamente el pie.
—¿Has de bailar, p... india ?—decía la señora, y el látigo vibraba y silbaba.
Sisa dejóse caer al suelo, llevándose ambas manos a las piernas y mirando a su verdugo con ojos desencajados. Dos fuertes latigazos á la espalda le hicieron levantarse: ya no fué un quejido, fueron dos aullidos lo que la desgraciada exhalo. Rasgose la fina camisa, la piel se abrió y brotó la sangre.
La vista de la sangre entusiasma al tigre; la sangre de su victima exalto á doña Consolación.
—¡Baila, baila, condenada maldita! ¡Mal haya la madre que te parió!—gritaba;—¡baila o te mato á latigazos!
Y ella misma, cogiéndola con una mano y azotándola con la otra, empezó a saltar y a bailar.
La loca la comprendió al fin , y siguió moviendo descompasadamente los brazos. Una sonrisa de satisfacción contrajo los labios de la maestra, sonrisa de un Mefistófeles hembra que consigue sacar un gran discípulo; había odio, desprecio, burla y crueldad: con una carcajada no hubiera expresado más.
Y, absorta en el goce de su espectáculo, no oyó llegar á su marido hasta que se abrió estrepitosamente la puerta de un puntapié.
Apareció el alférez pálido y sombrío; vió lo que allí pasaba у lanzó una terrible mirada a su mujer. Esta no se movió de su sitio y quedóse sonriendo cínicamente.
El alférez puso lo más dulcemente que pudo la mano sobre el hombro de la extraña bailarina y la hizo parar. La loca respiró y sentose poco a poco en el suelo, manchado de su sangre.
El silencio continuó: el alférez respiraba con fuerza; la