venido primero, para preguntaros si queríais algo para la provincia de Batangas bacia donde parto ahora, y después para daros una mala noticia...
Ibarra interrogó al piloto con la mirada.
—La hija de capitán Tiago está enferma,—añadió Elías tranquilamente;—pero no de gravedad.
—¡Yo ya me lo temía!—exclamó Ibarra con voz débil;—¿sabéis que enfermedad es?
—¡Una fiebre! Ahora, si no tenéis nada que mandar...
—Gracias, amigo mío ; os deseo buen viaje... pero, antes, permitid que os haga una pregunta; si es indiscreta, no me respondáis.
Elías se inclinó.
—¿Cómo habéis podido conjurar el motín de anoche? preguntó Ibarra fijando en él sus ojos.
—¡Muy sencillamente!—contesto Elías con la mayor naturalidad;—los que dirigían el movimiento eran dos hermanos cuyo padre había muerto, apaleado por la guardia civil; un día tuve la fortuna de salvarlos de las mismas manos en que había caído su padre y ambos me están por esto agradecidos. A ellos me dirigí anoche y ellos se encargaron de disuadir a los demás.
—Y ¿esos dos hermanos cuyo padre murió apaleado?...
—Acabarán como el padre,-contestó Elías en voz baja;—cuando la desgracia ha marcado una vez una familia, todos los miembros tienen que perecer; cuando el rayo hiere un árbol, todo lo reduce á cenizas.
Y Elías, viendo que Ibarra callaba, se despidió.
Este, al verse sólo, perdió el continente sereno que había conservado en presencia del piloto, y el dolor se manifestó en su semblante.
—¡Yo, yo la he martirizado!—murmuró.
Vistiose rápidamente y descendió las escaleras.
Un hombrecito, vestido de luto, con una gran cicatriz en la mejilla izquierda, le saludó humildemente, parándole en su camino.
-¿Qué queréis?—le preguntó Ibarra.
—Señor, yo me llamo Lucas, soy el hermano del que murió ayer.
—¡Ah! Os doy el pésame... y ¿bien?
—Señor, quiero saber cuánto vais á pagar a la familia de mi hermano .