nicaciones, porque todos temen ser maltratados por fútiles causas; se fija más en formalidades que no en el fondo de las cosas, primer síntoma de la incapacidad; porque uno se ha olvidado su cédula, ha de ser maniatado y maltratado; no importa si es una persona decente y bien considerada; los jefes tienen por primer deber el hacerse saludar de grado ó por fuerza, aun en la obscuridad de la noche, en lo que les imitan los inferiores para maltratar y despojar a los campesinos, y pretextos no les faltan; no existe el sagrado del hogar: hace poco en Calamba asaltaron, pasando por la ventana, la casa de un pacífico habitante á quien el jefe debía favores; no hay la seguridad del individuo: cuando necesitan limpiar el cuartel o la casa salen y prenden a todo el que no se resiste para hacerle trabajar durante el día; ¿queréis más? pues durante estas fiestas han continuado los juegos prohibidos, pero han turbado brutalmente los regocijos permitidos por la autoridad; visteis qué pensaba el pueblo acerca de ellos; ¿qué ha sacado con deponer sus iras y esperar en la justicia de los hombres? ¡ Ah, señor, si á esto llamáis conservar el orden!...
—Convengo en que hay males,—replicó Ibarra,—pero aceptemos estos males por los bienes que los acompañan. Esta institución puede ser imperfecta, pero, creedlo, impide por el terror que inspira el que el número de los criminales aumente.
—Decid más bien que por este terror aumenta el número,—rectificó Elías.—Antes de la creación de este cuerpo, todos los malhechores casi, con excepción de muy pocos, eran criminales por el hambre; pillaban y robaban para vivir, pero pasaba la carestía, y los caminos se veían otra vez libres; bastaban para ahuyentarlos con sus imperfectas armas los pobres, pero valientes cuadrilleros, tan calumniados por los que han escrito sobre nuestro país, los que tienen por derecho el morir, por deber el luchar, y por recompensa la burla. Ahora hay tulisanes, y son para toda su vida. Una falta, un crimen inhumanamente castigado, la resistencia contra las demasías de este poder, el temor á atroces suplicios los arrojan para siempre de la sociedad y los condenan á matar o á morir. El terrorismo de la guardia civil les cierra las puertas del arrepentimiento, y como un tulisan lucha y se defiende en la montaña mejor que un soldado de quien se burla, resulta que no somos