dida en tierra, á orillas del camino, debajo de un algodonero, la cara vuelta al cielo, los ojos desencajados, fijos, crispados los dedos, hundidos en tierra, sobre la cual se veían manchas de sangre. Ocúrresele al joven levantar la vista y seguir la mirada del cadáver, ¡y ve en la rama colgado un cesto, y dentro del cesto la ensangrentada cabeza del hermano!»
—¡Dios mío!—exclamó Ibarra.
—«¡Eso pudo exclamar mi padre!—continuó Elías friamente.—Los hombres habían descuartizado al salteador y enterrado el tronco, pero los miembros fueron esparcidos y colgados en diferentes pueblos. Si vais alguna vez de Calamba á Santo Tomás, encontraréis todavía un miserable árbol de lomboy donde colgó pudriéndose una pierna de mi tío: la Naturaleza le ha maldecido, y el árbol ni crece ni da fruto. Lo mismo hicieron con los otros miembros, pero la cabeza, la cabeza como lo mejor del individuo, como lo que más fácilmente se reconoce, la colgaron de lante de la cabaña de la madre !»
Ibarra bajó la cabeza.
—« El joven huyo como un maldito - continuó Elías—huyó de pueblo en pueblo, por montes y valles, y cuando ya se creía desconocido, entró de trabajador en casa de un rico en la provincia de Tayabas. Su actividad, la dulzura de su carácter le granjearon la estimación de cuantos no conocían su pasado. A fuerza de trabajo y economia logró hacerse un pequeño capital, y como la miseria había pasado y era joven, pensó en ser feliz. Su buena presencia, su juventud y su situación algo desahogada le captaron el amor de una joven del pueblo, cuya mano no se atrevía á pedir por miedo de que el pasado se conozca. Pero el amor pudo más y ambos faltaron á sus deberes. El hombre, para salvar el honor de la mujer, lo arriesga todo, la pide en matrimonio, se buscan los papeles y todo se descubre: el padre de la joven era rico, consiguió que procesaran al hombre, que no trato de defenderse , lo admitió todo y fué enviado à presidio. La joven dió á luz un niño y una niña, que fueron criados en secreto, haciéndoles creer en un padre muerto, lo que no era difícil, habiendo visto, siendo de tierna edad, morir á su madre, y pensándose poco en indagar genealogías. Como nuestro abuelo era rico, nuestra niñez fue muy venturosa; mi her