La caza duraba; la banquilla de Ibarra estaba lejos, el nadador se aproximaba a la orilla, distantes unas cincuenta brazas. Los remeros estaban ya cansados, pero Elías lo estaba también, pues sacaba la cabeza a menudo y cada vez en distinta dirección, como para desconcertar á sus perseguidores. Ya no señalaba la traidora estela el paso del buzo. Por última vez le vieron cerca de la orilla à unas diez brazas, hicieron fuego ... después pasaron minutos y minutos; nada volvió a aparecer sobre la superficie tranquila y desierta del lago.
Media hora después, un remero pretendía descubrir en el agua, cerca de la orilla, señales de sangre, pero sus compañeros sacudían la cabeza con un aire que tanto quería decir si como no.
LXII
EL PADRE DAMASO SE EXPLICA
En vano se amontonan sobre una mesa los preciosos regalos de boda; ni los brillantes en sus estuches de terciopelo azul, ni los bordados de piña, ni las piezas de seda atraen las miradas de María Clara. La joven mira, sin ver ni leer, el periódico que da cuenta de la muerte de Ibarra, ahogado en el lago.
De repente siente que dos manos se posan sobre sus ojos, la sujetan, y una voz alegre, la del padre Dámaso, le dice:
—¿Quién soy? ¿quién soy?
María Clara salta de su asiento y le mira con terror.
—Tontica, ¿has tenido miedo, eh? ¿No me esperabas, eh? Pues he venido de provincias para asistir a tu casamiento.
Y acercándose con una sonrisa de satisfacción le tendió la mano para que se la besara. María Clara se inclinó temblorosa у la llevó con respeto a sus labios.
—¿Qué tienes, María?—preguntó el franciscano, perdiendo su sonrisa alegre y llenándose de inquietud ;-tu mano está fría, palideces... ¿estás enferma, hijita ?
Y el padre Dámaso la atrajo á sí con una ternura de la que no se le hubiera creído capaz, cogió ambas manos de la joven y le interrogó con la mirada .