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Página:Noli me tángere (1903).pdf/413

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breaba se vela un pedazo de techo, una ventana volar por los aires, desplomarse con horrible estrépito: ni un coche, ni un caminante atravesaba las calles. Cuando el ronco eco del trueno, cien veces repercutido, se perdía á lo lejos, entonces se oía suspirar al viento, que arremolinaba la lluvia, produciendo un repetido trac trac contra las conchas de las cerradas ventanas.

Dos guardias cobijábanse en un edificio que se construía cerca del convento: eran un soldado y un distinguido.

—¿Qué hacemos aquí?—decía el soldado;—nadie anda por la calle... debíamos irnos a una casa; mi querida vive en la calle del Arzobispo.

—De aquí allá hay buen trecho y nos mojaremos,— contesta el distinguido.

—¿Qué importa con tal que no mate el rayo?

—¡Bah! no tengas cuidado; las monjas deben tener un pararrayos para librarse.

—¡Si!—dice el soldado;—¿pero de qué sirve si está la noche tan obscura?

Y levantó la vista hacia lo alto para ver en la obscuridad: en aquel momento brilló un relámpago repetido y seguido de un formidable trueno.

¡Naku! Susmariosep [1]—exclamó el soldado persignándose,—y estirando a su compañero:—¡Vámonos de aquí!

—¿Qué te pasa ?

—¡Vámonos, vámonos de aquí!—repitió castañeteandole los dientes de miedo.

—¿Qué has visto?

—Sobre el tejado... debe ser la monja que recoje brasas durante la noche!

El distinguido sacó la cabeza y quiso ver.

Brilló otro relámpago y una vena de fuego surcó el cielo, dejándose oír un horrible estallido.

—¡Jesús!—exclamó persignándose también.

En efecto, a la brillante luz del meteoro había visto una figura blanca, de pie, casi sobre el caballete del tejado, dirigidos al cielo los brazos y la cara , como implorándole. ¡El cielo respondía con rayos y truenos!

Tras el trueno se oyó un quejido triste.

—No es el viento, es el fantasmal - murmuró el solda


  1. ¡Oh!¡oh! ¡Jesús, María, José!