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NOLI ME TÁNGERE

 —¡Ca! ¡Envidias! Pregúnteselo al señor Laruja, que tan bien conoce el país; pregúntele si la ignorancia y la indolencia del indio tienen igual.

 —En efecto—contestó el hombre pequeñito, que era el aludido;—en ninguna parte del mundo existe ser más indolente que el indio: ¡en ninguna parte!

 —¡Ni otro más vicioso ni más ingrato!

 —¡Ni más mal educado!

 El joven rubio se puso á mirar con inquietud á todas partes.

 —Señores—dijo en voz baja,—creo que estamos en casa de un indio; esas señoritas...

 —¡Bah! ¡No sea usted tan aprensivo! Santiago no se considera como indio, y además no está presente, y... ¡aunque estuviera! Esas son tonterías de los recién llegados. Deje que pasen algunos meses; cambiará de opinión cuando haya frecuentado muchas fiestas y bailújans, dormido en loe catres y comido mucha tinola.

 —¡Eso que usted llama tinola es una fruta de la especie del loto, que vuelve á los hombree así como olvidadizos?

 —¡Qué loto ni qué lotería!--contestó riendo el padre Dámaso.—Tinola es un guisado de gallina y calabaza. ¿Cuánto tiempo hace que ha llegado usted?

 —Cuatro días—contestó el joven algo picado.

 —¿Viene como empleado?

 —No, señor; vengo por cuenta propia, para conooer el país.

 —¡Hombre, qué pájaro más raro!--exclamó fray Dámaso mirándole con curiosidad.

 —Decía vuestra reverencia, padre Dámaso—interrumpió bruscamente el dominico cortando la conversación,—que ha estado veinte años en el pueblo de San Diego y lo ha dejado. ¿No estaba vuestra reverencia contento en el pueblo?