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JOSÉ RIZAL

en cuyo fondo se dibujaban negras siluetas, rejas y cadenas y aun el fatídico palo de la horca.

En los conventos reinaba la mayor agitación.

No cesaban de entrar y salir carruajes llevando á los provinciales, que celebraban entre sí conferencias secretas. En el palacio de Malacañán no se interrumpían por un solo momento las visitas de conspicuos personajes y frailes de todas castas que iban á ofrecer su apoyo al gobierno, que corria gravisimo peligro.

—¡Un Te Deum, un Te Deum!-decía un fraile franciscano;-jesta vez que nadie falte en el coro! No es poca bondad de Dios hacer ver, precisamente en estos momentos de impiedad, cuánto valemos nosotros.

—Con esta leccioncita se estará mordiendo los labios el generalillo Mal-Agüero-contestaba otro.

—Qué habría sido de él sin las corporaciones!

—Y para mejor celebrar el triunfo, que adviertan al hermano cocinero deamus por tres días!

—¡Amén! ¡Amén! ¡Viva Salví! ¡Vivaaa! En otro convento se hablaba de distinta may al procurador... ¡Gaunera.

—aVeis? Ese es un alumno de los jesuítas; del Ateneo salen los filibusteros-decía un fraile.

—Y los antirreligiosos.

—Yo ya lo dije: Ios jesuítas pierden al país, corrompen á la juventud; pero se les tolera porque tienen fama de sabios y anuncian los terremotos...

—Cualquier indio los pronostica.

Ya verán ustedes como á río revuelto, ganancia de pescadores. Ya están los periódicos pidiendo poco menos que una mitra para el padre Salví.