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JOSÉ RIZAL

lia cuya desgracia causé en un momento de arrebato, y aun así, ¿quién sustituye el amor del esposo y del padre?... Así razonaba su padre de usted, y con esta moral severa obraba siempre, y se puede decir que jamás ha ofendido á nadie. Pero volvamos á sus disgustos con el cura. Estos cada vez tomaban peor carácter. El padre Dámaso le aludía desde el púlpito, y si no le nombraba claramente era por milagro, pues de su carácter todo se podía esperar. Yo preveía que tarde ó temprano la cosa iba á terminar mal.

 El viejo teniente volvió á hacer otra breve pausa.

 —Recorria entonces la provincia un exartillero arrojado de las filas por demasiado bruto é ignorante. Como el hombre tenía que vivir y no le era permitido dedicarse á trabajos corporales, que podrían dañar al prestigio de los españoles, obtuvo de no sé quién el empleo de recaudador de impuestos sobre vehículos. El infeliz no había recibido educación ninguna, y los indios lo conocieron bien pronto: para ellos es un fenómeno un español que no sabe leer ni escribir. Todo era burlarse del desgraciado, que pagaba con sonrojos el impuesto que cobraba y conocía que era objeto de burla, lo cual agriaba su carácter, ya de por sí rudo y malo.

 Sucedió que un día, mientras daba vueltas á un papel que en una tienda le habían dado, deseando ponerlo al derecho, un chico de la escuela empezó á hacer señar á sus compañeros, á reirse y á señalarle con el dedo. El recaudador veía la burla retozar en los serios semblantes de los presentes, y oía las risas de les chiquillos. Perdió la paciencia, volvióse rápidamente, y empezó á perseguir á los muchachos, que corrían gritando: ba, be, bi, bo, bu. Ciego de ira y no pudiendo darles alcance, les arrojó su bas-