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Página:Novelas ejemplares - Tomo IV (1920).pdf/98

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que llegasen los caminantes, y en llegando cerca, el talle, el brío, el poderoso caballo, la bizarría del vestido y las luces de los diamantes llevaron tras sí los ojos de cuantos allí venían, especialmente los del duque de Ferrara, que era uno dellos, el cual, como puso los ojos en el cintillo, luego se dió a entender que el que le traía era don Juan de Gamboa, el que le había librado en la pendencia; y tan de veras aprendió esta verdad, que, sin hacer otro discurso, arremetió su caballo hacia don Juan, diciendo: —No creo que me engañaré en nada, señor caballero, si os llamo don Juan de Gamboa, que vuestra gallarda disposición y el adorno dese capelo me lo están diciendo.

—Así es la verdad—respondió don Juan, porque jamás supe ni quise encubrir mi nombre: pero decidme, señor, quién sois, porque yo no caiga en alguna descortesía.

—Eso será imposible—respondió el duque—, que para mí tengo que no podéis ser descortés en ningún caso; con todo eso os digo, señor don Juan, que yo soy el duque de Ferrara, y el que está obligado a serviros todos los días de su vida, pues no ha cuatro noches que vos se la disteis.

No acabó de decir esto el duque, cuando don Juan, con extraña ligereza, saltó del caballo y acudió a besar los pies del duque; pero por presto que llegó, ya el duque estaba fuera de la silla, de modo que se acabó de apear en brazos de don Juan.