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EL MISTERIO DE MARÍA ROGÊT

todavía, en posesión. Discurrió mucho, y sin duda, sabiamente, hasta que aventuré una insinuación respecto á lo lentamente que pasaba la noche. Dupin, sin variar de postura en su habitual silla de brazos, era la personificación de la atención respetuosa. Tuvo puestas sus gafas durante toda la entrevista; y una incidental ojeada por debajo de sus cristales verdes, bastó para convencerme que había dormido no poco profundamente, aunque en silencio, las siete ú ocho pesadas horas que precedieron inmediatamente a la partida del Prefecto.

Al día siguiente por la mañana, procuré en la Prefectura una relación completa de todos los datos adquiridos, y en las oficinas de varios diarios, un ejemplar de todos aquellos en que se había publicado algún informe decisivo sobre este triste asunto. Libre de lo que había sido positivamente confutado, aquella reunión de informes establecía lo siguiente:

María Rogêt dejó la residencia de su madre, en la calle Pavée Saint-Andrée, cerca de las nueve de la mañana, el domingo 22 de Junio de 18... Al salir comunicó al señor Jacques St-Eustache, y solamente á él, su intención de pasar el día en casa de una tía que reşide calle de Drômes. La calle de Drômes es una estrecha aunque populosa calle, no lejos de los bancos del río, y á una distancia de casi dos millas, en la línea más directa posible, desde la casa de huéspedes de la señora Rogêt. St-Eustache era el pretendiente aceptado de María, y se alojaba y comía en la «casa de huéspedes». Debía ir por ella al anochecer y acompañarla hasta su domicilio. Á la tarde, sin embargo, llovió copiosamente; y suponiendo que pasaría la