PRÓLOGO.
Hubo una época en que algunos jóvenes, mal instruidos en sus primeros estudios, sin conocimiento de la antigua literatura, ignorantes de su propio idioma, negándose al estudio de nuestros versificadores y prosistas (que despreciaron sin leerlos), creyeron hallar en las obras extrangeras toda la instruccion que necesitaban para satisfacer su impaciente deseo de ser autores. Hiciéronse poetas, y alteraron la sintaxis y propiedad de su lengua, creyéndola pobre porque ni la conocian ni la quisieron aprender: substituyeron á la frase y giro poético que la es peculiar, locuciones peregrinas é inadmisibles: quitaron á las palabras su acepcion legítima, ó las dieron la que tienen en otros idiomas: inventaron á su placer, sin necesidad ni acierto, voces extravagantes que nada significan, formando un lenguage obscuro y bárbaro, compuesto de arcaisde galicismos y de neologismo ridículo. Esta novedad halló imitadores, y el daño se propagó con funesta celeridad. Por ellos dijo Capmany: "Estos bas»tardos españoles confunden la esterilidad de su cabe»za con la de su lengua, sentenciando que no hay tal »ó tal voz, porque no la hallan. ¿Y cómo la han de » hallar, si no la buscan ni la saben buscar? ¿Y dón»de la han de buscar, si no leen nuestros libros? ¿Y » cómo los han de leer, si los desprecian? Y no te»niendo hecho caudal de su inagotable tesoro, ¿cómo mos,