todos los caminos y sendas del Parnaso, que absolutamente ignoraban los enemigos.
En estas y estotras ya era de noche: la obscuridad, el cansancio, los golpes recibidos, el miedo, la prisa que llevaban, y sobre todo, el no tener conocimiento alguno del terreno por donde iban, eran todas circunstancias fatales que aumentaban la desgracia de los fugitivos.
Mercurio y los suyos les decian que se rindiesen como algunos de ellos lo habian hecho (incluso el embajador tuerto que le acababan de sacar medio descaderado de una zanja), porque si adelante seguian, perecerian todos sin remedio. Pero sí, ya estaban ellos en estado de venirse á buenas: correr que te correrás como galgos, saltar peñascos, atravancar malezas, y no dar oidos á cuanto les decian: esto fue lo que hicieron ; hasta que llegándose á encarrilar la mayor parte de ellos por unas breñas escarpadas y altísimas, á breve rato comenzaron á rodar por ellas agarrados unos á otros, dando ahullidos se precipitaron en una gran laguna que está al pie de aquellos peñascos, y se forma de las vertientes de Castalia.
Los pocos que andaban descarriados por varios andurriales, libraron mejor, porque cayeron