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Página:Plick y Plock (1919).pdf/116

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tro Durand. A su vista todas las cabezas se inclinaron; ellos respondieron con un saludo protector a estas muestras de deferencia.

Por fin, se abrió la puerta; y entre apreturas, empellones y codazos, cada cual se colocó én su sitio.

El sol enviaba alegremente sus dorados rayos a través de las vidrieras de colores de la capilla, e iba a reflejar sus mil matices sobre el banco pulimentado y negro de encina, cargado de pesadas esculturas, banco en el cual se sentaba Kernok en los días solemnes. ¡Ah! ¡y con qué dignidad tranquila y majestuosa ostentaba en él su pechera y su frac marrón! ¡ con qué destreza ocultaba su chicote a la vista del cura! ¡ con qué aire de compunción cerraba los ojos, fingiendo rezar y recogerse, cuando la plática del sacerdote le sumía en la más agradable somnolencia !

Y era preciso que el recuerdo de aquella figura venerable estuviese aún bien presente en el pensamiento de Grano de Sal y del señor Durand, porque permanecieron un buen rato inmóviles ante el banco.

—Me parece estarle viendo aún señor Durand.

— dijo el —Y a mí también respondió Grano de Sal.

Un rumor sordo anunció la llegada del señor Karadeuc, el párroco.

Primero ofició y después subió al púlpito.

Los fieles aprovecharon este momento para estornudar, sonarse, toser, bostezar, suspirar, volverse de un lado y de otro...