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Página:Plick y Plock (1919).pdf/131

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II

LA CORRIDA DE TOROS Madrid, cuando tus toros brincan, Hay manos blancas que aplauden Y mantillas que se agitan.

A. DE MUSSET.

¡España! ¡España! ¡ cuán puro y brillante es tu cielo! Santa María está bañada en oleadas de luz; los mil balcones de sus blancas casas centellean y arden, y los naranjos perfumados de la Alameda parecen cubiertos de hojas de oro. A lo lejos, Cádiz, envuelta en un vapor cálido y rojizo, que allá, sobre la arena resplandeciente de la playa, las olas azules y transparentes iban a deshacer como un largo listón de diamantes en espuma centelleante hecha de agua y de sol; después, en el puerto, centenares de faluchos, de balandros, cuyas flámulas se despliegan levantadas por una ligera brisa que circula silbando por entre las cuerdas. El fresco olor de las algas marinas, el canto de los marineros que despliegan las amplias velas grises aun húmedas por el relente de la noche, el toque de las campanas de las iglesias, el relincho de los caballos que saltan lanzándose hacia las verdes praderas que se extienden detrás de