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Página:Plick y Plock (1919).pdf/141

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Apenas había aparecido, el toro se retiró al otro extremo de la arena para aprestarse a combatir al nuevo adversario. Gracias a esto, el hombre negro tuvo tiempo de hacer ejecutar algunas cabriolas a su caballo y de apostarse al pie del palco de la mujer. 111 Y tuvo el atrevimiento de mirar fijamente a aquella prometida del Señor!!!

El rostro de la pobre joven se volvió rojo como la flor del granado, y ocultó su cabeza en el seno de la superiora, indignada de la temeridad del desconocido.

— Ave Maria... qué atrevimiento!

las mujeres.

L

dijeron Por la Virgen! ¿de dónde sale ese demonio? se preguntaban los hombres, estupefactos de tanta audacia.

De repente, resonó un grito general, porque el toro tomaba impulso para lanzarse sobre el caballero de la pluma blanca, que se volvió, saludó a la monja y la dijo sonriendo: —Por usted, señora, y en honor de esos hermosos ojos azules como el cielo.

Apenas acabó estas palabras, el toro embistió... El jinete, con una protitud maravillosamente servida por la agilidad de su caballo, dió un bote y se encontró a diez pasos del toro, que le perseguía encarnizadamente. Pero, gracias a su velocidad, el caballo se le adelantaba siempre y tomó bastante ventaja sobre él para que su dueño pudiera detenerse un momento ante el palco de la monja, y decirle: —Por usted, también, señora; pero esta vez