Ir al contenido

Página:Plick y Plock (1919).pdf/210

De Wikisource, la biblioteca libre.
Esta página no ha sido corregida
— 206 —

— refresca el aire abrasador; los negros extienden la tienda rayada sobre la terraza, y uno, tendido sobre un muelle cojín, aspira el vapor del tabaco levantino, que se perfuma al atravesar un agua de rosas y de lilas, y después, una hermosa joven de Candía o de Samos, se arrodilla ante uno ofreciéndole ruborizada un sorbete helado en una copa ricamente cincelada. Haces un signo y ella se aproxima a ti, y, con un brazo pasado alrededor de su cuello, miras con indiferencia aquella cabeza de ángel que se dibuja como una aparición fantástica en medio de un humo azulado y oloroso, que se eleva en torbellinos del narguile.

Los ojos de Blasillo brillaban ciertamente tanto como las facetas centelleantes de los frascos de vidrio: —Vamos a Alejandría, comandante incorporándose.

dijo —A Alejandría! ¿qué te parecería, mi querido niño, si te sentasen sobre la flecha aguda de un minarete que se lanza hacia las nubes?

¡flecha, por otra parte, brillante y dorada! ¿y si se te dejase en esa incómoda posición hasta que los cuervos hubiesen devorado las pupilas de tus grandes ojos negros?

Esta proposición apagó el ardor de Blasillo, que llenó prestamente su copa sonriendo: —Viremos, pues, en redondo, comandante.

—Sí, Blasillo, tal es la suerte que me espera en Egipto, si el bauprés de mi tartana se dirigiese hacia ese suelo encantado.

—¿Y por qué, comandante?

—Oh! porque yo hundí cinco veces mi kan-