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Página:Plick y Plock (1919).pdf/227

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das direcciones por largas cintas de fuego que estallaban en mil chispas, se entrecruzaban y caían en lluvia de oro o de azul o de fuego.

Eran millares de ardientes meteoros que centelleaban chisporroteando, vivos y frecuentes relámpagos de una blancura deslumbrante.

Y después, en medio de aquel lago de fuego aparecían el gitano y su tartana.

Era el gitano en persona rodeado de su tripulación de negros, cuyas repugnantes figuras semejaban máscaras de bronce enrojecidas al fuego...

El gitano, sobre el puente de su buque, completamente vestido de negro, con su gorro adornado de una pluma blanca, los brazos cruzados y montado sobre su caballito que llevaba una rica gualdrapa de púrpura, y cuyas crines, trenzadas de hilo de oro, caían formando globitos de cristal y de pedrería, sujetos con cintas de plata.

Al lado del réprobo y apoyado en el cuello de Iskar, se veía al joven Blasillo, vestido de negro también, y teniendo en la mano una larga carabina damasquinada; después, Bentek y sus negros, formados en dos filas, rodeaban silenciosamente los cañones, y el ligero humo blancuzco, que se elevaba de cuando en cuando probaba que las mechas estaban encendidas y las piezas cargadas...

No había nada en el mundo más imponente que aquel espectáculo, que semejaba una aparición satánica; porque el profundo silencio de la tripulación del réprobo, su inmovilidad, el buque negro que, a los ojos de los españoles,