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Página:Plick y Plock (1919).pdf/244

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circuló entre los frails y el verdugo. Justo es decir que éste bebió el último; y como después de todo era bueno y humano, pasó la bota a través de los barrotes y la ofreció al gitano.

—Gracias, hermano i dijo éste.

¡Por Cristo! ¡ está usted muy aburrido !replicó el digno hombre—; pero, ya lo veo, usted me desprecia a causa de mi profesión. Escuche, pues, compadre, todos tenemos que vivir; yo tengo obligaciones: una abuela enferma, una esposa adorada, y dos hijos pequeños, con sus hermosos cabellos rubios y frescas mejillas rosadas... Y además...

El gitano le interrumpió por un movimiento tan brusco, que todas sus cadenas resonaron como si se hubieran roto.

—¡Es posible! decía con los ojos fijos sobre una robusta joven que, mezclada con la curiosa muchedumbre, había abierto un momento su capa de seda negra, haciéndole un signo expresivo Blasillo, Blasillo aquí!

i Las salmodias de los capuchinos comenzaron con un nuevo vigor, y el hombre de la casaca roja continuó la obra de su purificación, mientras que el gitano caía de nuevo en sus meditaciones, porque la joven que le llamara la atención había desaparecido.

Vencido por la fatiga y el insomnio, empezaba a dormitár, cuando un carmelita que lo advirtió, le hizo cosquillas con una pluma en la nariz, diciéndole: —Piensa en la muerte, hermano.

El gitano se despertó sobresaltado y lanzó una mirada terrible al santo varón.