— tramaestre hundiéndose el capuchón hasta losojos, ¿qué infernal viento le ha empujado?
¿Dónde está? Son las diez y aun no ha veni
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do a bordo! Y la bestia de su mujer que parte a media noche para ir a buscarle, el diablo sabe dónde... Una brisa tan hermosa! ¡ Perder una brisa tan hermosa! — repetía en tono desgarrador mirando un ligero catavientos colocado en los obenques, y que por la dirección que le daba el viento anunciaba una fuerte brisa del NO. Es preciso estar tan loco como el hombre que pone el dedo entre el cable y el escobén.
El marmitón, impaciente de la duración de este monólogo, había intentado ya por dos veces interrumpir al contramaestre, pero la mirada furiosa y la movilidad excesiva del chicote de su superior se lo habían impedido. Por fin, haciendo un esfuerzo sobre sí mismo, con su gorro bajo el brazo, el cuello tendido, la pierna izquierda hacia adelante, se aventuró a tirar de la hopalanda de su jefe.
—Señor Zeli le dijo, el desayuno le espera.
Ah! eres tú. Grano de Sal? ¿qué haces ahí. miserable, estúpido, animal, rata de bodega? ¿Quieres que te haga curtir la piel, o que te ponga el espinazo rojo como un rosbif crudo?
¿Contestarás, grumete de desgracia?
A este torrente de injurias y de amenazas, el grumete no oponía más que una calma estoica, acostumbrado, como estaba, a los arranques de su, superior.
Y, dicho sea de paso, habéis de saber que, si