los honrados compañeros habían llevado ¡ay!
una vida bien tormentosa.
Además, se trataba de una tripulación cosmopolita; era como un resumen viviente de todos los pueblos del mundo; franceses, españoles, alemanes, ingleses, rusos, americanos, holandeses, italianos, egipcios, ¿qué sé yo? hasta un chino que Kernok había enrolado en Manila.
Sin embargo, aquella sociedad compuesta de elementos tan poco homogéneos, vivía a bordo en perfecta inteligencia, gracias a la rigurosa disciplina que Kernok había establecido.
—Pasa lista dijo al segundo, y cada marinero fué respondiendo a su nombre.
Faltaba uno, el piloto Lecot, un compatriota de Kernok.
—Anótale para veinte chicotazos y ocho días de calabozo.
Y el segundo escribió en su carnet: Lescot, 20 ch. y 8 de c., con tanta indiferencia como un comerciante que anotase el vencimiento de una letra.
Kernok entonces se subió sobre un banco, dejó la bocina cerca de él y habló en estos términos: —Muchachos, vamos a hacernos de nuevo a la mar. Hace dos meses que nos estamos enmoheciendo aquí como un pontón podrido; nuestros cinturones están vacíos; pero el depósito de la pólvora está lleno, nuestros cañones tienen la boca abierta y no piden más que hablar. Vamos a salir impulsados por una buena brisa NO. y a farolear por el estrecho de Gibraltar; y si San Nicolás y Santa Bárbara nos