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Página:Plick y Plock (1919).pdf/97

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la corbeta, todos estaban muertos o espantosamente mutilados. A los gritos del combate sucedió un silencio sombrío e imponente; y aquellos diez y ocho hombres, únicos, supervivientes, aislados en medio del Océano, rodeados de cadáveres, no se miraban sin cierto espanto.

El mismo Kernok fijaba los ojos con estupor en el tronco informe del capitán inglés; porque la metralla se le había llevado un brazo. Sus hermosos cabellos rubios estaban teñidos de sangre; no obstante, la sonrisa aparecía en sus labios... Es que había muerto sin duda pensando en ella, en ella que, bañada en lágrimas, vestiría largos hábitos de luto al saber su glorioso fin. ¡Afortunado joven! Tenía quizá también a su anciana madre para llorarle, para llorar al que había mecido en sus brazos cuando niño. ¡ Era quizás un porvenir brillante que se malograba, un nombre ilustre que se extinguía en él! ¡Qué pesar debía producir su muerte!

¡Cuánto debían llorarle! ¡Dichoso, tres veces dichoso joven! ¡ qué no debía a la culebrina de Kernok! con una bala había hecho un héroe llorado en los tres reinos. ¡Qué hermosa invención la de la pólvora !

Tal debía ser, poco más o menos, el resumen de las reflexiones de Kernok, porque permaneció risueño y tranquilo a la vista de aquel horrible espectáculo.

Sus marineros, al contrario, se habían mirado largo rato con una especie de extrañeza estúpida. Pero, pasado este primer movimiento, el natural indiferente y brutal se adueñó otra