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IV
PRÓLOGO.

Móntes de Oca, obispo que fué de Tamaulípas, y lo es actualmente de Linares.

En el hecho de estampar aquí yo con todas sus letras su nombre, y de consignarlo el mismo autor en la portada del libro, claro se ve que ni uno ni otro tenemos por accion vitanda y pecaminosa la de ejercitarse un obispo en traducir á Teócrito. Arzobispo de Granada fué, casi en nuestros dias, el señor Folgueras, que tradujo á Juvenal. Esto áun en nuestra severísima Iglesia Española, que en Italia fuera harto fácil empresa tejer un catálogo de obispos, cardenales y altas dignidades de la Iglesia, que no se han desdeñado de emplear sus ocios en honestos solaces poéticos, y sobre todo de comentar, traducir é ilustrar á los clásicos antiguos. Y buscando el ejemplo más ilustre dentro de nuestra propia literatura, ¿á quién no se le ocurre el nombre del obispo Valbuena, que, lo mismo que el nuestro, cantaba apacentando su rebaño, en las vírgenes selvas americanas, y ora repetia los férreos ecos de la bocina de Roldan en Roncesvalles, ora los melífluos acordes de la flauta pastoril siracusana?

Bien sé que no faltarán espíritus pusilánimes y fáciles en escandalizarse que á Ipandro Acáico, y á mí su apologista, nos llamen paganos y gente de peligrosas tendencias artísticas. De fijo que en siglos de verdadero fervor religioso nadie hubiera visto semejante peligro, y todos hubieran sido plácemes para el traductor de los bucólicos.

Pero ya que hoy no falta quien condene y excomulgue propria auctoritate cuanto huela á hele-