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VI
PRÓLOGO.

cas y diccionarios y correrá en busca de una novela moderna. No así, dándole la leche y suaves manjares que requiere la infancia: poco á poco se acostumbrará á más sólidos alimentos, y no le arredrarán despues las páginas de los Basilios y Gregorios. El mismo Crisóstomo se deleitaba en la lectura de los cómicos griegos, y á él debemos la conservacion de las pocas comedias que nos quedan de Aristófanes. Aun el grande apóstol San Pablo no temió citar entre los textos dictados por el Espíritu Santo los versos de un poeta profano.»

Es, pues, un axioma para Ipandro Acáico la conveniencia moral y hasta religiosa de educar el sentimiento estético, y éste en sus fuentes primordiales, es decir, en la antigüedad sagrada y en la profana, y ésta, no sólo por contener los mejores modelos de gusto, sino porque estando alejada de nosotros por siglos, creencias y costumbres, puede ser contemplada con ojos serenos y fruicion puramente artística, sin ponerse en contacto demasiado íntimo con nuestros afectos y propensiones, al reves de lo que acaece con la literatura moderna. A buen seguro que un jóven educado con la austera poesía de Esquilo, de Píndaro ó de Sófocles caiga nunca en las insanas y enervadoras melancolías, pesimismos y escepticismos que hoy trabajan el mundo.

Y ¿quién negará, prescindiendo de la cuestion de arte, las grandezas morales é intelectuales de griegos y latinos? Cuanto pueden alcanzar por sus propias fuerzas el entendimiento y la voluntad hu-