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XXII
PRÓLOGO.

cantor del Niágara, hijo adoptivo de aquella República; entre historiadores, cuenta á un Lúcas Alaman, de nombradía europea, y entre publicistas, al Ilustrísimo Munguía, que mereció de imparciales españoles el sobrenombre de «Bálmes mejicano»[1].

El genoroso pensamiento que concibió la Academia Española, y que con éxito vário se ha realizado ya en algunas de estas Repúblicas, de establecer Academias correspondientes en las capitales de la América Latina, fué en Méjico semilla echada en terreno fecundo, que dispuesto á recibirla, la ha convertido en breve en planta robusta y frondosa. Los nombramientos de académicos recayeron en beneméritos literatos que, unidos, ejercerán una influencia social que aislados no hubieran alcanzado, puesto que, con no ménos verdad que á la industria, es aplicable á la literatura el principio «virtus unita fortior.» De la Academia Española su hija la Mejicana, fundada en 1874, ha recibido prestado el prestigio de antigüedad, sin el cual, como edificios sin cimiento, fracasaron así en Méjico como en otras Repúblicas Americanas, anteriores ensayos de liceos y sociedades literarias. Los miembros de la Academia Mejicana han aportado á la sociedad diversas facultades y conocimientos


  1. De otros escritores ilustres hace interesante reseña D. Victoriano Agüeros en la correspondencia literaria que publica la Ilustracion Española y Americana, en sus números de 8 de Junio y 22 de Julio de este año.