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XXXIII
PRÓLOGO.

En esta materia es fácil establecer una distincion clara y razonable entre los escritos libres, ó picarescos, reprobables en cualquier buen cristiano, cuanto más en un sacerdote, y los ramos de literatura profana que manteniéndose en los límites del decoro y la moral, se prescriben en los seminarios y noviciados como ejercicios que perfeccionan las facultades mentales, sirviendo á formar escritores y oradores, y luégo se permiten tambien á los varones apostólicos como noble é inocente distraccion en sus fatigas: otium cum dignitate. A quién no ha de escandalizar, en muchísimas escenas, el autor, por otra parte ilustre, de El convidado de piedra, cuando se recuerda que las trazaba un fraile mercenario para que se diesen en espectáculo á un público á quien él mismo, en la iglesia, predicaba la moral cristiana? Padece detrimento el venerado nombre de Lista, cuando vemos sembrada de versos eróticos la coleccion de sus obras poéticas, y recordamos que el autor era ya prebístero á los veintiocho años. Pero no desdicen del carácter religioso de fray Luis de Leon sus traducciones de clásicos griegos y latinos, ejercicio poético de sus juveniles años, al lado de otras de trozos de la Biblia; ni habrá, entre católicos rancios, censor tan adusto que arrugue el ceño al leer la descripcion que de su biblioteca, en campestre vivienda, léjos del ruido de la corte, hace el ilustre canónigo de Zaragoza Bartolomé de Argensola, en una de las más agradables y mejor elaboradas poesías del Parnaso castellano: