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XXXIX
PRÓLOGO.

á hacer de algunos trozos hasta trcs versiones diferentes. Me preparaba ya á dar á luz el fruto de mis fatigas, cuando, cambiando de repente de modo de pensar, destruí los manuscritos y procuré borrar su contenido de mi memoria. No ocultaré por cierto el motivo de mi extraña resolucion. Los Idilios de Bion de Esmir na, aunque gentil, nada contienen que pueda llamar la atencion de los que están acostumbrados á Dumas ó Fernandez y Gonzalez; sin embargo, hay uno que otro pasaje que no suena del todo bien á oidos delicados. Me veia yo, pues, en la necesidad, ó de ser infiel al original, ó de estampar palabras y frases que pudieran escandalizar à los lectores. Ni uno ni otro extremo quise adoptar, y abandoné la idea de publicar mi version castellana.

»Algunos años despues vino á mis manos la preciosa homilía de San Basilio, en que da varias saludables instrucciones para que la lectura de los autores profanos, en vez de sernos nociva, nos sea útil y provechosa; y lei tambien á este propósito lo que sobre el mismo asunto escribieron San Jerónimo, San Francisco de Sales y otros Padres y autores eclesiásticos.

Aplican al asunto que nos ocupa el texto del Deuteronomio (xxI, 11, 12), en que manda el Señor á los Israelitas que si entre los prisioneros de guerra se encuentra alguna hermosa cautiva á quien alguno del pueblo escogido quiera unirse en matrimonio, se le haga åntes cambiar la vestidura y tocado haciendo caer los cabellos y las uñas bajo la tijera purificadora, siendo entónces permitido el enlace. Así dicen que hemos de hacer con los autores profanos: despojarlos de lo supérfluo y poco delicado y aprovecharnos de lo demas para nuestra instruccion.

»Esto me hizo volver á pensar en la publicacion de mis Idilios traducidos, quitándome al par el escrúpulo de ocuparme en asuntos demasiado profanos, y el de ser algo infiel al original desechando los pocos, poquísimos pasajes, en que el pagano Bion faltó algun tanto á la decencia y al decoro...

»Sea dicho con perdon del abate Gaume y de los admiradores de sus utopias, me atengo á la experiencia de los siglos que nos han precedido, al ejemplo de personajes célebres por su piedad no ménos que por sus letras, y á las doctrinas conte-