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Página:Poesías - IA poesas00polagoog.djvu/58

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¡Oh, padre! padre!. . . . Sólo, y combatido
por el genio del mal, tu hogar querido
á la avaricia cruel le abandoné,
no me preguntes por la madre mía,
ni por tus hijos; mi indigencia haría
tu labio acusador enmudecer.

Ya tú la viste abandonar cristiana.
la mansión do tu afecto soberana
hízola; el mundo la miró feliz.
Digna y humilde vive en la pobreza;
no era su galardón esa riqueza
que el vulgo la envidió; llora por tí.

¿En ese mundo ignoto donde moras
la aciaga suerte de tus hijos lloras?
¿Tú me has visto por ellos batallar?
Vigor fecundo mi flaqueza de hombre
haz, y orgullosos llevarán tu nombre,
porque las nobles almas lo amarán.
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

Deja al dolor herirme; ya la esposa,
la virgen que me diste ruborosa
por compañera, del altar al pie,
abriga tu mimada descendencia
en mendigado hogar, y en larga ausencia
apuró de sus lágrimas la hiel.

Recorro enamorado su aposento:
lo engalana mi loco pensamiento
cual ella lo adornaba para mí;
aspiro de su blonda cabellera
el grato aroma que la envidia era
de los blancos rosales y el jazmín.