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Página:Poesías - IA poesas00polagoog.djvu/62

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Soles quemantes, cuya luz doraba
los lagos de la pampa en el confin;
y más allá las cumbres azuladas,
y, muy más lejos, cielos de turquí.

¿Acaso nunca volveré á encontraros,
como en mi ardiente adolescencia, ya?
Tristes como el que miro en el ocaso,
cuántos mis ojos descender verán. . . .
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

Tarde á tus hijos sollozante llamas,
desierta te contemplo desde aquí,
y en ruinas los hogares que abrigaban
á un pueblo noble, intrépido y feliz.

Y te he mirado en las sangrientas lides
lanzandote al combate en tu furor,
limpiar tu alfange en las nevadas crines
de tu corcel, rival del aquilón;

vibraba, cual del rayo el estampido,
tu voz en el estruendo de la lid,
ahogando cual de débil caramillo
el delicioso acento del clarín;

siempre el ijar el acicate hiriendo,
daba tu casco deslumbrante luz;
sobre él rizaba tu pendón el viento. . . .
nadie á herir se atrevió do heriste tú!
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

Te vuelvo á ver doliente, abandonada,
tus lauros destrozados á tus pies;
dormida empuñas las melladas armas,
y aun ciñe el yelmo tu abatida sien.