Los cupidos con dardos de diamante
En tus ojos bellísimos admiro
Que penetran tu pecho palpitante.
Los génios son el gozo que recibo,
Jurando en tus natales ser tu amante,
Hasta exhalar el último suspiro.
¡Oh! tú á quien cubre funerario manto
Angel de paz, que en majestuoso vuelo
Solo á darme bajaste desde el cielo
El agua pura del bantismo santo.
Sol de belleza, de virtud encanto,
Con faz de gloria y corazón de hielo
Váste al empireo, y déjasme en el suelo
Absorta de dolor, sumida en llanto!...
Doncellas de Sion, en vuestro coro
Fostejad á la virgen escogida
Con palmas divas de esmeralda y oro,
Que yo en la tierra, triste y afligida
Su tumba inerte regaré con loro,
Hasta el último instante de mi vida.
A querer con delirio una enemiga
Me condujo fatídica mi estrella,
Y el esquivo desdén que encontré en ella
Acrisolaba mi mortal fatiga.
¡Inhumana! la dije: ¿no te obliga
La llama de mi amor? Pues eres bella,
Indícame, por Dios, cuál es aquella
Senda que quieres que en amarte siga.
Así la dije, y ella desdeñosa,
Volviendo el rostro en ademan severo,
(Esquivéz natural de toda hermosa)
Me dijo: no te canses, majadero,
¿Quieres verme contigo cariñosa?
Regálame un quitrin, dame dinero.
- ↑ Estos magníficos versos los iba recitando el poeta en voz clara, firme y enérgica cuando marchaba al cadalso. A ejemplo de Andrés de Chenier quiso dar á la lira su postrer «Adiós», y el númen que en sus días de amor, de esperanza y de gloria le halagara, no le abandonó en sus últimos instantes de agonia. Presentamos Presen aquí aqui esta esta plega plegária (que por su forma y carácter es una oda) tal cual la escribió en la la capilla capilla of el desventurado desv Gabriel, y no como ha corrido impresa y manuscrita, mutilada por los copistas.
- ↑ [Nota al pie no incluida.]