«Era mi corazón cáliz de llanto;
del mundo en el vaivén quedó vacío
y aunque risa me da mi desencanto
me duele el corazón cuando me río.»
Y aquella quintilla que todos nos sabíamos de memoria en el colegio:
«Mi ilusión vertiginosa
castigó el Supremo Sér,
porque en mi fiebre amorosa
formé imbécil una diosa
de quien sólo era mujer.»
Cantor de las amargas y negras decepciones; sin otro encanto que el de enconar sus propias heridas, de las cuales siempre manaba sangre, lo veíamos, como los jóvenes españoles de su tiempo, han de haber visto á Espronceda.
Pocas son las cosas de vivos matices y aromas delicados que se pueden encontrar en el búcaro que forman sus composiciones, porque no se cuidaba de la forma ni le entristecía que le motejaran por escéptico.
Era exclusivamente cantor de sus propios sentimientos, parecía insensible á todo atractivo humano y mojaba la pluma en la hiel de los desengaños para trazar así, con carácteres de fuego, sus más amargas concepciones.
Muchas veces me reveló que no obedecía á preceptos de escuela; que nunca pudo nutrir su espí rilu con la lectura de los grandes maestros, y que, á semejanza de las aves, cantaba porque sentía la necesidad de cantar, sin importarle que la Gloria le diera sus lauros ó el Olvido le envolviera en sus luctuosos crespones.