Amaba inmensamente á sus hijos, de los cuales Edmundo, el mayor y á quien dedicó sentidísimos versos, acaba de morir el 24 de Noviembre último en Yokoama, pues era nuestro Cónsul General en el Imperio del Japón.
Plaza es muy popular, porque ha tocado la llaga que corroe los corazones, y ha dicho, con una valentía digna de su tiempo, en los altares cristianos, delante de la imagen de María:
«Aquí me tienes á tus pies rendido
y nunca mi rodilla tocó el suelo,
porque nunca Señora le he pedido
ni amor al mundo ni piedad al cielo.»
¡Pobre amigo mío! Lo encontraba yo, tarde por tarde, y jamás le ví doblegar la frente ante la miseria.
En los últimos meses del gobierno de don Sebastián Lerdo de Tejada, cuando todos los escritores de oposición se les perseguía y se les encarcelaba, le dije, pensando que así aliviaría sus penurias:
—Antonio, ¿por qué no fundas un periódico?
—¿Para qué?—me respondió.—Combatir al gobierno será convertirme en presidiario, y adularlo, en estos momentos, sería tanto como afeitar á un cadáver, se mella é inutiliza la navaja y se desprestigia el barbero.
Y siguió resignado y pobre hasta el 26 de Agosto de 1882 en que murió, dejando huérfanos á tres hijos. Sus funerales fueron muy modestos; sepultaron su cuerpo en el panteón del Tepeyac (Villa de Guadalupe), y como era natural, los periódicos le consagraron artículos llenos de sentimiento.
Los versos de Plaza han recorrido los dominios españoles y algún encanto irresistible deben de entrañar, puesto que son tan buscados.