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Página:Prehistoria Chilena - MC0075106.pdf/106

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- le pertenecía de derecho, siendo representada por su marido en los actos ejecutivos; como hemos visto en algunos de los casos citados. Sobre este estrato de puet'os matriarcales, verosimilmente, llegaron influencias de elementos extraños venidos del Este, con costumbres patriarcales. Al fusionarse dos culturas tan opuestas, se entabló una lucha entre los dos sexo por la supremacía; sin que hasta el impo de la conquista española, ninguno de los dos regímenes haya logrado el completo dominio del otro. Cierto es que os hombres habían ganado terreno, llevando a sus muieres a vivir en las agrupaciones de ellos; emancipándose de esta manera de la posición subordinada que ocupaban bajo el matriarcado; pero no lograron establecer la patria potestad, que constituye la base del sistema patriarcal. La muje: continuaba dueña de sus hijos, legando a ellos su apellido y su tótem. Ni la mujer ni los hijos llegaban a considerarse como parte integrante de la comunidad del marido y padre, ni éste era considerado pariente consanguíneo de su prole. A la muerte del marido, como hemos visto, la mujer volvía con sus hijos, al hogar de sus parientes maternos. Donde el hombre se había emancipado más que en otras partes de Chile, era en la Araucanía. Hemos visto en otro capítulo que los araucanos se formaron de la fusión de un pueblo de cazadores nómades, llegado de las pampas argentinas, con los antiguos pobladores indígenas de la región. El elemento invasor, como todos los pueblos de cazadores, era patriarcal y, al amalgamarse con el pueblo sedentario matriarcal, reservó en gran parte sus derechos varoniles, aunque tuvo que ceder en cuanto a la filiación de los hijos, los cuales, como en las demás regiones del país, llevaban el apellido y pertenecían al grupo consanguíneo de la madre. Sin embargo, los araucanos lograron establecer la herencia de los bienes paternos por el primogénito y no era tan común la dispersión de la familia, después de la muerte del padre, debido a este mismo aliciente y al hecho de que el hijo heredaba también a las mujeres del difunto, exceptuando sólo a su propia madre, quien recobraba su libertad. Por otra parte, los parientes de la mujer jamás per-