XXII. Apoderado de la ciudadela, no le sucedió lo que a Dion, ni guardó respeto a aquel sitio por su belleza y por lo costoso de sus edificios, sino que, evitando la sospecha con que primero se calumnió a aquél, y después se le perdió, hizo echar pregón de que aquel de los Siracusanos que quisiera se presentara con su piqueta y tomara parte en la destrucción de aquellos baluartes de la tiranía. Como todos hubiesen concurrido, tomando como principio seguro de la libertad el pregón aquél y aquel día, no sólo destruyeron y derribaron el alcácar, sino también las casas y monumentos de los tiranos. En seguida hizo limpiar e igualar el suelo, y edificó allí los tribunales, congraciándose así más con los ciudadanos, y sobreponiendo la democracia al despotismo. Advirtió, luego de tomada la ciudad, que carecía de ciudadanos, habiendo perecido unos en las gucrras y tumultos, y habiendo huído otros de las sucesivas tiranías; así la plaza pública de Siracusa había criado, por la falta de concurrenciatanta y tan espesa maleza, que se apacentaban en ella los caballos, teniendo la hierba por cama los palafreneros. Las demás ciudades, a excepción de muy pocas, se habían hecho refugio de ciervos y jabalíes, y en las inmediaciones, al pie mismo de las murallas, cazaban muchas veces los aficionados a este ejercicio; y los que habitaban en los fuertes y presidios ninguno acudía a los llamamientos ni bajaba a la ciudad, sino que todos miraban con horror y odio la plaza, el gobierno y
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