vista, siendo continua la lluvia borrascosa y las llamaradas que partían de las nubes; cosas que de mil maneras afligían, especialmente a los bisoños. Incomodaba también no menos qcelos truenos el ruido de las armas, heridas de la espesa lluvia y los granizos, por cuanto impedía que se oyesen las órdenes de los caudillos. Además, yendo los Cartagineses nada ligeros en cuanto al armamento, sino de sobra defendidos, como hemos dicho, estorbábales el barro, y los senos de las túnicas llenos de agua les impedían manejarse con presteza en el combate, cuando los Griegos estaban muy listos para ofenderlos; y si caían, les era absolutamente imposible levantarse del lodo, a causa de las armas. El Crimeso también, desbordado ya con los que pasaban, se había aumentado con las lluvias; y la llanura inmediata, teniendo muchas desigualdades y hoyos, estaba llena de arroyuelos que corrían fuera de cauce, con los que, detenidos los Cartagineses, con dificultad podían salvarse. Por último, continuando la tormenta, y habiendo los Griegos deshecho la primera línea, que era de unos cuatrocientos hombres, todo el ejército se entregó a la huída. Muchos, alcanzados todavía en la llanura, allí perecieron; a otra gran parte, tropezando con los que todavía se hallaban pasando el río, los arrebató y destruyó su corriente; y a los más, que se encaminaban a las alturas, los persiguieron y deshicieron las tropas ligeras. Dícese que de diez mil muertos, tres mil eran Cartagineses:
Página:Ranz Romanillos - Vidas paralelas - Tomo III (1919-1921).pdf/171
Apariencia