determinaron en su honor muchas y muy señaladas demostraciones, entre las que no cede a ninguna la de haber decretado que el pueblo siracusano, siempre que se le ofreciere guerra contra extranjeros, hubiera de valerse de general corintio.
También era cosa digna de verse lo que, cuando concurría a las juntas públicas, se hacía en su honor: porque las cosas pequeñas las determinaban por sí; mas para los negocios de importancia le llamaban: venía, pues, en carroza, y por la plaza se dirigía al teatro, e introducido su carruaje, en el que iba sentado, el pueblo le saludaba, nombrándole todos a una voz. Correspondíalos, y dando algún tiempo a los obsequios y a las alabanzas, inquiría luego qué era de lo que se trataba, y manifestaba su dictamen. Sancionado que era, sus ministros sacaban otra vez la carroza del teatro, y los ciudadanos, despidiéndole con voces de júbilo y alegría, despachaban después por sí lo que restaba de los negocios públicos.
XXXIX. Envejeciendo, pues, en medio de tanto honor y benevolencia como padre común de todos, con muy pequeña ocasión, que agravó su edad (1), vino por fin a fallecer. Diéronse algunos días a los Siracusanos para disponer su entiero ya los cincunvecinos y forasteros para concurrir a él. Dispusiéronse coros brillantes, y jóvenes señalados de antemano por un decreto llevaron el féretro, ricamente adornado, pasándolo (1) Cerca de setenta y cinco años.