po, y entre muchos corrió secretamente la voz de que aquel prodigio significaba la destrucción de su rey. No era Emilio hombre enteramente nuevo y peregrino en las anomalías que los eclipses producen, los cuales a tiempos determinados hacen entrar la Luna en la sombra de la tierra y la ocultan, hasta que pasando de la sombra vuelve otra vez a resplandecer con el Sol. Mas con todo, siendo muy dado a las cosas religiosas, e inclinado a los sacrificios y a la adivinación, apenas vió a la Luna enteramente libre, le sacrificó once toros; no bien se hizo de día, ofreció nuevo sacrificio de la misma especie a Hércules, no parando hasta vente, y al primero y al vigésimo se observaron prodigios que dijo adjudicaban la victoria a los que se defendiesen. Hizo, pues, voto al mismo Dios de otros cien bueyes y de juegos sagrados, mandando a los caudillos ordenar el ejército para la batalla; mas aguardó con todo a la inclinación y desvío del resplandor, para que el Sol, desde el Oriente, no los deslumbrara en la pelea dándoles de cara, por lo que estuvo dando tiempo, sentado en su tienda, la que tenía abierta por la parte de la llanura y del campo de los enemigos.
XVIII. Hacia la entrada de la tarde, dicen algunos que con designio de preparar Emilio que fuese de los enemigos la acometida, dió orden de que los Romanos soltaran por aquella parte un caballo sin freno, y que yendo en su persecución éste fué el principio de la pelea; mas otros sostienen que al retirarse con forraje los bagajes de