se animaban; habiéndose hecho con tal arrojo y prontitud esta embestida, que los primeros cadáveres cayeron a dos estadios del campamento de los Romanos.
XIX—Trabada la pelea, se presentó Emilio, y llegó a tiempo en que ya los primeros Macedonios, enristradas las lanzas, herían en los escudos de los Romanos, que no podían ofenderlos en lo vivo con sus espadas. Mas cuando después, desprendiendo del hombro los demás Macedonios las adargas, y recibiendo también a una sola señal con las lanzas en ristre a los legionarios Romanos, vió la fortaleza de la formación y la presteza del ataque, no dejó de sorprenderse y concebir temor, por no haber visto nunca un espectáculo tan terrible; así es que hacía mención frecuente de aquella sensación y de aquel espectáculo. Ostentóse entonces a sus combatientes con rostro sereno y placentero, recorriendo a caballo las filas sin yelmo y sin coraza. Mas el rey de los Macedonios, lleno de miedo, según dice Polibio, luego que se comenzó la batalla, huyó a caballo a la ciudad, pretextando que iba a sacrificar a Hércules, que no recibe sacrificios tímidos de los cobardes ni acepta votos injustos: pues no es justo en ninguna manera que el que no tira al blanco lleve el premio, ni que venza el que no resiste, ni que salga bien el que nada hace, ni, finalmente, que tenga buena suerte el hombre malo. Por el contrario, a los ritos de Emilio se prestó grato el Dios, pues peleando rogaba la