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Página:Ranz Romanillos - Vidas paralelas - Tomo III (1919-1921).pdf/276

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XXII. Estando los principales en esta conferencia, y Pelópidas sumamente dudoso, de pronto una yegua nuevecita se escapó de la manadacorriendo por entre las armas, y llegando donde aquéllos estaban, se paró. A todos dió que observar el color de la crin resplandeciente como el fuego, su ufanía y la suavidad y apacibilidad de su relincho; pero el agorero Teócrito, habiendo reflexionado un poco, dirigió la voz a Pelópidas, y exclamó: "La víctima, ¡oh bien hadado!, se te ha venido a la mano: no esperemos ya otra virgen; sírvete de aquella que Dios te ha presentado." Echaron entonces mano a la yegua, la llevaron a la sepultura de las doncellas, donde haciendo plegarias y poniéndole coronas, la degollaron alegres, e hicieron correr por el ejército la voz del ensueño de Pelópidas y del sacrificio.

XXIII. En la batalla, Epaminondas marchó oblicuamente con la infantería, y fué dilatando su ala izquierda, para llevar lo más lejos posible de los demás Griegos la derecha de los Espartanos, y para rechazar con ímpetu y a viva fuerza a Cleombroto, que la mandaba. Los enemigos advirtieron lo que pasaba y empezaron a hacer mudanza en su formación, extendiendo y encorvando la derecha, como para envolver y encerrar a Epaminondas con su muchedumbre. En esto, Pelópidas, acelerando el paso y haciendo una conversión con sus trescientos, se adelanta corriendo antes que Cleombroto desplegue su ala, o que