propio Pericles puede verse, que socorría a los indigentes. Aun respecto del mismo Anaxágoras se cuenta que, viéndose olvidado de Pericles, a causa de los muchos negocios de éste, y siendo ya viejo, envuelto en su capa, se echó a morir desalentado; que llegando Pericles a entenderlo, corrió al punto allá con el mayor sobresalto, y le hizo los más eficaces ruegos, diciendo que más que de Anaxágoras sería suyo aquel infortunio, si perdía al que tanto le ayudaba con su consejo en el gobierno; y que éste, descubriéndose finalmente, le replicó: "Oh, Pericles, los que han menester una lámpara le echan aceite." XVII. Empezaban ya los Lacedemonios a mirar mal el incremento de los Atenienses; y Pericles, queriendo inspirar al pueblo grandes pensamientos y ponerle al nivel de grandes cosas, escribió un decreto, por el que a todos los Griegos que habitaban en Europa y Asia, así a las ciudades pequeñas como a las grandes, se les exhortase a enviar a Atenas a un Congreso diputados que deliberasen sobre los templos griegos que habían incendiado los bárbaros, sobre los sacrificios y votos hechos por la salud de la Grecia de que estaban en deuda con los Dioses, y sobre que todos pudieran navegar sin recelo y vivir en paz. Enviáronse con este objeto veinte ciudadanos mayores de cincuenta años, de los cuales cinco habían de convocar a los Jonios y Dóricos del Asia, y a los isleños hasta Lesbos y Rodas; cinco recorrieron los pueblos del Helesponto y la Tracia,
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