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Página:Ranz Romanillos - Vidas paralelas - Tomo II (1919-1921).pdf/188

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a causa de la caballería enemiga, poniendo sus reales en lugares montañosos; en reposo, si Aníbal se estaba quieto, y si éste se movía, siguiéndole alrededor por las eminencias, y apareciéndose siempre en disposición de que no se le pudiera obligar a pelear si no quería; pero infundiendo al mismo tiempo miedo a los enemigos con aquel cuidado, como si les fuese a presentar batalla. Dando de esta manera tiempo al tiempo, todos le tenían en poco, hablándose mal de él aun en su mismo ejército, y lo que es a los enemigos todos, excepto a Aníbal, les parecía sumamente irresoluto, y que no era para nada. El sólo penetró su sagacidad y el género de guerra que se había propuesto hacerle, y reflexionando que era preciso por todos medios de maña y de fuerza mover a aquel hombre, sin lo cual eran perdidas las cosas de los Cartagineses, no pudiendo hacer uso de aquellas armas en que eran superiores, y apocándoseles y gastándoseles cada día en balde aquellas de que ya escaseaban, que eran la gente y los caudales, echando mano de todo género de artificios y escaramuzas militares, y buscando, a manera de buen atleta, algún asidero, hacía tentativas, ya acercándosele, ya causando alarmas, y ya llamándole por diferentes partes, todo con el objeto de sacarle de sus propósitos de seguridad. Mas en él su juicio, que estaba siempre aferrado a solo lo que convenía, se mantenía constantemente firme e invariable.

Incomodábale también el maestre de la caballe-